AVISA CUANDO LLEGUES

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“Cuídate en la calle”, “maneja a la defensiva”, “avisa cuando llegues”, son algunos de los consejos que forman parte de un largo listado de frases que solemos recibir quienes nos movilizamos en bicicleta; ya sea de nuestros padres, amigos o parejas y de todos aquellos que nos estiman y se preocupan por nosotros.

Lo que siempre me ha llamado la atención, es que estos consejos se les digan a los más vulnerables y no a quienes perpetúan los siniestros y más daño pueden provocar: los automovilistas. Onda, “no corras en el auto”, “respeta el espacio de los demás”, “la calle no es tuya”, “no chatees mientras conduces”, “observa a todos los que van en la calle”.

Al igual que en el acoso sexual callejero, el acento siempre se pone en la víctima y no en el victimario. Del no “uses escote ni minifalda” o “no andes sola de noche”, hay milímetros de distancia del “cuídate en la calle”.

Resulta que quienes conducen a una velocidad innecesaria y en un vehículo cuyas dimensiones lo transforman en un arma letal, son ellos, pero quienes tenemos que cuidarnos somos nosotros, los más vulnerables. Irónico.

Bajo esta misma lógica errada, me he sorprendido al leer los comentarios en redes sociales, los titulares y hasta la redacción de las notas de prensa, sobre el siniestro vial que le quitó la vida a María Ignacia Romero Omeñaca, el pasado lunes 04 de junio.

Porque no, no era una ciclista, no era una psicóloga, una mujer de 28 años, ni una funcionaria de la Municipalidad de Providencia. Compañeros periodistas de medios de comunicación: la ciclista que falleció en la ciclovía de Lyon, tenía una identidad, una familia y una vida.

Aunque como periodista entiendo y respeto el resguardo de identidad durante los primeros días –por respeto a sus más cercanos-, me parece importante que dejemos de referirnos a quienes pierden la vida en nuestras calles como simples cifras y comencemos a hablar de personas. Nos urge humanizar las vidas que estamos perdiendo, tal vez, de esa forma nos tomemos en serio las consecuencias de los siniestros viales. Sólo el año pasado, casi 2.000 personas fallecieron por esta causa en Chile.

Su nombre es María Ignacia Romero Omeñaca y amén de decir las cosas por su nombre pero, en especial, por respeto a ella y a su familia, me parece necesario enfatizar que no falleció de forma inesperada, ni partió tempranamente –como he leído decir a muchos-. A María Ignacia la mataron. Fue una víctima más de la violencia vial, suscitada principalmente por la velocidad en nuestras calles.

María Ignacia no hizo ni dejó de hacer nada, más que decidir movilizarse en bicicleta en la ciudad. Ni siquiera es necesario saber si iba con luces, casco, reflectante o si llevaba campanilla. Incluso, para los férreos defensores de la segregación vial, ella iba pedaleando por una ciclovía y no cualquiera, una que cumple con todos los estándares de construcción.

Pero en una ciudad donde el foco sigue estando en el tránsito de vehículos y no en la necesidad de movilidad de las personas, nada podría haber salvado a María Ignacia. Ante un siniestro vial, la diferencia entre sobrevivir o morir la determina la velocidad. Y bajo el actual límite urbano permitido, 60 k/h, éste es el resultado de un siniestro: la muerte.

Ni siquiera deseo profundizar en que es altamente probable que el conductor que la mató, haya ido a una velocidad superior. Basta con detenerse en cualquier intersección en Santiago, para saber que nadie respeta, ni fiscaliza el límite de velocidad.

Investigando más sobre su vida, di con un mensaje que María Ignacia escribió en redes sociales, pocos días antes: “Nota mental: nunca preferir el transporte público a la bici”, y sí compañera, no sólo compartíamos la misma mirada, sino que yo pude haber escrito lo mismo. Lo que te pasó a ti, le pudo pasar a cualquiera de mis amigos cercanos, que también se movilizan en bicicleta, incluso, me pudo pasar a mí.

Aunque no tenga responsabilidad en lo que te pasó, te pido una sincera disculpa, por lo irresponsables que hemos sido como sociedad. O, tal vez, por el poco poder de convencimiento que hemos tenido como sociedad civil para persuadir a nuestras autoridades de que bajar la velocidad es vital, porque desenlaces como el tuyo se pudieron evitar. Perdóname.

Estuve toda la semana evitando transitar por Ricardo Lyon. No por temor. Creo que eso es algo con lo que finalmente muchos ciclistas aprendemos a lidiar. Más bien, lo hice porque sabía el impacto que me generaría ver su altar y todos los mensajes que le han dejado.

MI 1

Ayer me decidí a ir y en mi trayecto pensaba en ella. En ti. Qué irías pensando mientras pedaleabas María Ignacia, qué canción sonaría en tu mente, qué planes tendrías para ese día o el fin de semana que viene. Quizás pensarías en tus pendientes de tu trabajo, a los amigos que verías, los llamados que harías o en salvar al planeta. Tal vez lo mismo que habría pensado yo en tu lugar.

Y esto es algo que los automovilistas nunca vivirán, los ciclistas pensamos y disfrutamos nuestro camino. Mientras ellos sólo piensan en huir y salir lo más rápido de la vía en la que se encuentran, nosotros gozamos el trayecto. Somos felices con el viento, las gotas de lluvia y todo lo que pasa a nuestro alrededor.

Una vez en la intersección donde murió María Ignacia, sinceramente me desplomé. Me embargó la pena, como toda vez que muere un compañero ciclista, pero también la rabia. Recordé la negativa del Senado a reducir la velocidad–en marzo pasado- y los paupérrimos argumentos de los parlamentarios y me llené de ira, hasta estallar en lágrimas.

MI 2

Porque hoy fue María Ignacia, pero pudo ser cualquiera de nosotros. Esta semana, yendo por Avenida Providencia, casi me chocó un furgón y he estado tan impactada con su muerte, que quedé petrificada. Maniobré bien pero no me salió voz ni para reclamarle al conductor. Al instante sentí como se me heló la sangre.

Pienso en el conductor que le quitó la vida y no puedo dejar de recordar los primeros días de febrero pasado, cuando murió Melody Fung, quien se encontraba tomando un taxi en Avenida Tobalaba. Un vehículo a exceso de velocidad la impactó junto a otros peatones y conductores, destrozando su vida, la de su familia, su novio y sus amigos.

Tras ser formalizado, el conductor, José Luis Riffo, dijo: “Uno no sale con la intención de matar a nadie”. No sé a ustedes, pero a mí me parece una falta de sentido común y de respeto grotesca. Como no fue intencional, qué importa haber matado a alguien.

Muchos –erradamente- continúan llamándolos accidentes, la realidad es que son siniestros, porque son evitables. De una forma asombrosamente sencilla, bajando la velocidad y no creyéndose dueños de las vías, porque el permiso de circulación no los autoriza a hacer lo que quieran en las calles.

Al igual que a Melody, no tuve la oportunidad de conocerte María Ignacia y quizás sean más las cosas que desconozco que las que sé de ti, pero en tu memoria, quiero que sepas que no bajaré los brazos, no dejaré de pedalear.

Ni siquiera los días en que te recuerde y sienta miedo, al contrario, me subiré con más fuerza y trabajaré más fuerte por la ciudad que intuyo soñabas, una ciudad a una velocidad en la que todos podamos convivir y una en la que no haya más víctimas de la violencia vial.

Cuento con mi convicción y mi bicicleta como herramienta de cambio, lucharemos por ti y por todos los que quieran ciudades para las personas. Descansa en paz.