La religión del ciclismo, el mes de los adoquines

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¿Pero esto qué es? Con tanto frío y con tanta piedra… Yo aquí no vuelvo”. Las palabras son de Miguel Indurain. Es la explicación que da a su única participación en la París-Roubaix, a su única presencia en las clásicas del norte que van a jalonar este mes de abril con sus tramos de adoquín, sus míticos muros y la pasión de cientos de miles de aficionados al ciclismo en Francia, Holanda y, sobre todo, Bélgica, donde hoy se celebra el Tour de Flandes.

Indurain cumplía con el biotipo de clasicómano. Desde luego, mucho más que con los cánones de escalador de grandes puertos. Sin embargo, nunca le gustaron las clásicas. Al aficionado español, tradicionalmente, tampoco. El nuestro ha sido siempre un ciclismo de grandes vueltas, de escaladores, de puertos, con la Pericomanía como máxima expresión. Sin embargo, existe otro ciclismo que arrastra tanto o más público que el Tour, el Giro o la Vuelta. Son las clásicas del norte, carreras de un día, bajo unas condiciones climáticas duras y con recorridos ratoneros que incluyen pavés y desniveles brutales. Es el terreno favorito de los Sagan, Gilbert y compañía como antes lo fue del mismísimo Merckx, Boonen o de Fabián Cancellara.

Hasta la irrupción de José Antonio Flecha, -tres podios en la París Roubaix-, la atención a estas clásicas era algo lateral en los aficionados y en los propios equipos españoles. Luego, todo cambió. Purito Rodríguez da fe de ello: “Son carreras diferentes. El aficionado belga te trata como si fueras un futbolista. Era amanecer en la puerta de los hoteles y ya venía gente con fotos de hace 10 años, gente vestida de ciclista como tú para acompañarte un poquito en el entrenamiento, te sientes un ídolo. Si tiras de hemeroteca hay gente como un niño que se cae de rodillas en Roubaix como el que se tira al césped del estadio, como si Bélgica hubiese ganado un Mundial de fútbol”.

En la misma línea se muestra Peter Sagan, quien nos describía sus sensaciones horas antes de correr en Flandes: “Para mí estas pruebas, más allá del significado deportivo que tienen, las considero una fiesta del ciclismo. Jamás he visto tantísimos aficionados juntos, miles y miles, durante tantos tramos seguidos”.

Así lo corrobora también Ibán Mayo: “Corrí Amstel, Flecha y Lieja. Con Euskaltel también hicimos París-Roubaix. Antes no había tradición de correr las clásicas, se iba a cumplir el expediente. Ahora ya se van a obtener resultados. El corredor español siempre era más de tres semanas. Se fueron abriendo paso. Notaba que, una vez que estás allí, estás una semana, concentrado, y ves que para los corredores locales las clásicas son religión. No tenías esa tradición en los equipos nuestros”.

Técnica diferente

Si para subir un puerto hay que jugar con la cadencia y los desarrollos, negociar los durísimos tramos de adoquín también tiene su ciencia. Desde modifcar la bicicleta hasta sujetarse en el manillar de otro modo. Para empezar, suele emplearse doble cinta para amortiguar las vibraciones. También se eligen cubiertas con mayor ancho del habitual, se bajan las presiones de los neumáticos para ganar adherencia e incluso se llegan a utilizar bicicletas de ciclocross, más adaptadas, por geometría, a las exigencias del terreno. Hace tiempo, los equipos llegaron a probar distintos tipos de suspensiones, tanto en la horquilla como en la potencia del manillar.

Y es que, como explica Astarloa, es otro mundo: “Los adoquines se notan muchísimo. Mucha gente que igual ve la Roubaix por la tele… les diré que no tiene nada que ver lo que sale. Los tramos de pavé son increíbles, las piedras son completamente diferentes, no es como aquí en los pueblos, que es todo igual. En Flandes, que son para arriba, me impresionó muchísimo, cómo cuesta subir. Boonen ha sido el maestro porque encima era de la zona. Un adoquín tiene una pequeña tripa y encima mojado, es impresionante. El manillar vibra una pasada. Los escaladores, los que son finos y de poco peso, tienen que saber eso.”

Todo un circo

Para coger un buen sitio en el Koppenberg, mítico muro de Flandes que se sube hoy, habrá quien haya hecho noche en los alrededores. Caravanas, tiendas de campaña y grandes carpas de los patrocinadores principales montan auténticos circos alrededor de los puntos de paso principales. Con un pase vip se puede acceder a una de las carpas y cruzarse con Freire mientras se disfruta de comida, una cerveza de la tierra, la televisión en directo y el acceso perfecto a una valla donde ver el paso de los corredores. Freire será quien disfrute de uno de esos privilegios: “Voy como espectador a Flandes, a una fiesta que organiza QuickStep. Era una prueba que se adaptaba bien a mis características y nunca pude ganar. Es muy importante conocerla. Al final si uno se da cuenta, los favoritos son siempre los mismos. Gente que está acostumbrada no sólo al pavé, sino a la zona. Es una región pequeña, pero hay que conocer eso para correrla bien. Es como si en Cantabria hicieran eso todos los años, los que corren ahí desde juveniles tienen mucha más opción. Es una continua carrera de obstáculos, de problemas y de situaciones peligrosas. El que lo ve por la tele eso no lo nota porque ve la cabeza, es una tensión más organizada. Cuando vas a rueda en cuarta fila te das cuenta que tienes que hacer lo que hacen los demás, eso es lo que desde fuera no se aprecia”.

David Etxebarria corrobora lo del factor ambiental: “Para los belgas y holandeses este es su gran mes, su gran vuelta. Le dan la importancia que en el resto de Europa tienen las tres grandes. El ambiente es especial desde días antes, con caravanas, recorrido, carpas, puntos clave… Si un corredor, por muy desconocido que sea, es protagonista en estas clásicas ya no olvidarán su nombre. Sin lugar a dudas es la mejor afición del mundo y la más entendida”.

Astarloa también tiene un recuerdo imborrable de la afición: “En la Amstel, en el paso por el Cauberg, que era dos veces y a la tercera íbamos a meta, se monta una fiesta terrible. La gente se sabe los trucos para ir enlazando sitios”.

Valverde, aliciente

De las cinco grandes clásicas que se disputan este mes, tres de ellas pertenecen a los llamados Monumentos del Ciclismo: el Tour de Flandes, la París-Roubaix y la Lieja-Bastone-Lieja. Las otras dos, Amstel Gold Race y Flecha Valona, tienen un rango menor, aunque no por ello son un trofeo secundario.

Sin duda, el gran aliciente para el ciclismo español será la presencia de Alejandro Valverde. En gran estado de forma, probó los adoquines el pasado miércoles, en otra carrera menor -A través de Flandes-, con tramos complicados y una climatología dura. Sus prestaciones fueron tan positivas que se especuló con que hoy tomaría la salida en el Tour de Flandes. Finalmente, se desestimó, aunque estará en la Flecha Valona y en la Lieja-Bastone-Lieja, donde ha ganado en cinco y cuatro ocasiones, respectivamente y en las que intentará repetir.

Escucha el análisis de Barredo:

 

Astarloa tiene muy claros sus favoritos: “En Flandes, Sagan o Van Avermaet. Para el equipo Quick Step es como un Mundial. Gilbert, va de tapado pero nunca hay que dejarle. Se adapta muy bien a los tramos. En París-Roubaix sí que serán Sagan, Van Avermaet o gente con cuerpo porque es totalmente llano. En las Árdenas es territorio Valverde, que sabe lo que es ganar por allí. La segunda parte de las Árdenas ya es para gente como Nibali”.

El primer plato se sirve hoy. Será un mes apasionante: muros, adoquines, porcentajes inhumanos, fugas, estrechamientos, cunetas, pasos con miles de aficionados, nombres emblemáticos como el Kapelmuur, el Bosque de Arenberg, el Kwaremont o el Koppenberg. Ciclismo a la antigua usanza para disfrutar a lo grande.